Con mi familia decidimos un día cualquiera almorzar
fuera de Casa; no era fin de semana, ni fecha especial así que nuestra
expectativa no era mayor en términos de vivir una experiencia o algo por el
estilo.
Escogimos un lugar que ya conocíamos y teníamos un
buen recuerdo, lo que garantizaba que como decimos, “nos iba a ir bien”. El
lugar estaba en nuestro “ top of mind” (en nuestra mente).
Llegamos, nos acomodamos, mejor nos acomodaron, gracias
a las indicaciones del encargado de la seguridad del lugar que hacia las veces
de anfitrión, cuando le tocaba, tarea que desempeñaba a las mil maravillas. Eso
se llama productividad empresarial (todos saben que hacer en pro del cliente).
Acto seguido, se nos acerco muy sutilmente quien nos
atendería, tranquilo, concentrado, sin
mayores pretensiones, preparado para escuchar y no para responder (gran
diferencia); nos saludo y nos paso el menú. Nunca dijo su nombre, no se
presento ni hiso show ni nada; esperó resolver las inquietudes del Menú
(escuchar al cliente, lo mas importante del servicio).
Ordenamos los platos; quien nos atendía empezó muy
sutilmente, reitero, a preguntarnos acerca de si ya habíamos probado el nuevo
plato del lugar (innovación) el cual empezó a describir de una manera “descrestante”,
mencionando sus atributos (ventaja competitiva) con pasión, otra característica
escasa en estas circunstancias. Nunca antes había visto alguien tan emocionado
hablando de sus productos. Terminamos pidiéndolo y por supuesto era el mas costoso
de la carta.
Este mesero, nunca dejo nada al azar durante el resto
del almuerzo (el lugar estaba lleno); todo el tiempo estuvo pendiente, sin ser cansón
o empalagoso, sin cruzar la línea de lo aburridor. El resto del almuerzo fue
incluso con postre, cosa poco habitual, pero su amabilidad y manejo de la
situación invitaba a seguir con la experiencia.
Al final, pedimos la cuenta, que llego como debe ser,
detallada, para que la revisáramos. Me
acorde que la gran mayoría de lugares que visito, en especial de comida, no
pasan el detallado de la cuenta y el acto de “pagar” se limita a un dependiente
parado al lado de la mesa recitando una cifra sin ninguna explicación.
Al final, no resistimos la tentación y le preguntamos
su nombre; el ya nos había despedido con el nuestro y el apellido de la
familia, leído discretamente de la tarjeta con que se pago la cuenta. Nos respondió
que se llamaba Julián y que llevaba 3 años trabajando en ese lugar y estaba
feliz.
Hasta mis hijos, que son pequeños, notaron la calidad
y calidez del trato y la “experiencia Julián”
que acabábamos de experimentar.
Que bueno que contáramos con mas sitios como este en
nuestra ciudad. Hacer empresa de calidad cuesta, pero los beneficios y
retribuciones llegan.