Un
empresario amigo me conto que tenia un dilema; No sabia si estaba haciendo
muchas o pocas reuniones con la gente de
su empresa y que desconocía su efecto.
Para
responder a su consulta, se me ocurrió contarle una historia verídica que
recordé y que me sucedió siendo gerente de una empresa
hace ya algunos años. .
La
empresa en mención, era productora de un
bien industrial y entre otras cosas, utilizaba extensos patios con zonas verdes,
necesarios para desarrollar parte de su proceso productivo.
En la
empresa teníamos 3 perros grandes,
bravos y feos, que servían como
cuidanderos de la fabrica y se habían vuelto mascota de todos.
Una
vez, llegando a la fabrica como la hacia cada mañana, el jardinero encargado de
los patios, recuerdo que se llamaba Gilberto, me abordo y empezó a hablarme en el trayecto
de el parqueadero hasta mi oficina, que
era mas o menos de unos 30metros.
Su interés
no era otro que quejarse de los perros,
por que estaban haciendo de las suyas en
los patios.
En
ese momento yo no encontraba una solución para la situación que seguro incomodaba,
pero la verdad, era el menor de los males que tenia que resolver en el día a día
de la empresa que por esos días andaba en una delicada situación financiera.
El
tema se complico, al menos en la visión del jardinero y empezó diariamente a
acompañarme en el recorrido de mis 30 metros expresando la misma inconformidad,
cada vez con mas vehemencia y quejándose
de los canes, que seguían haciendo lo
mismo.
La
escena se repetía día tras día. Luego de dos semanas, se volvió una situación inmanejable,
que servía además para dañarme el día,
mas que el jardinero ya me acompañaba hasta mi asiento en el escritorio,
detallando lo que hacían los perritos con detalles.
La
paciencia, respirar profundo y aguantar era mi formula. Para el Jardinero se
había convertido en una obsesión mortificarme.
Una
mañana en medio del habitual ritual, antes de sentarme en mi lugar de trabajo,
lo mire fijamente a los ojos y con la voz mas seria y gerencial que recuerdo haya
tenido en mi vida, le dije: “…..Gilberto, hágame un favor; reúname a los perros ya mismo, yo hablo con ellos…(sic)”.
Hoy
no me acuerdo de donde saque esa solución, pero funciono. Ese fue el ultimo día
que Gilberto me acompañó en mi recorrido matutino del parqueadero a mi
escritorio.
Aprendimos:
yo a no darle largas a un asunto que tenia solución con una simple “reunión” y el Jardinero a resolver lo que le toca sin
necesidad de una.